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Crónicas y ensayos

Balzac y Tolstoi: cumbres de la novela histórica


Por JUAN LEONEL GIRALDO
Conferencia en la Casa de la Cultura de Calarcá, en el II Encuentro Nacional de Escritores Luis Vidales, el 26 de junio de 2009.

Es muy placentero volver a este valle de cenizas volcánicas, cenizas plenas de fertilidad, escaso de pasado pero lleno de futuro, muy admirado por las personas que no nacieron aquí, porque el forastero tiene ese privilegio de gozar de un ojo virgen para lo que le es extraño. No me canso de escuchar a amigos y visitantes que hablan maravillas de la belleza de este valle.

En su libro La novela histórica, Gregory Lukács propone que una novela no es necesariamente histórica porque tenga imponentes personajes históricos o porque se refiera a grandes hechos históricos. No porque aparezca en una novela un personaje como Napoleón eso la hace necesariamente histórica, o porque se haga una novela alrededor de la toma de Cartagena, eso la vuelve histórica. Yo creo que, aparte de contar con personajes reales, en situaciones y ambientes reales, la esencia de la novela histórica es “su comprensión profunda de las relaciones reales”, como decía Marx de Balzac, o sea, su capacidad de retratar los mecanismos, a veces invisibles, que mueven a la sociedad.

Los seres humanos han tenido, y tendrán quién sabe por cuánto tiempo más, un marco histórico fundamental, que es el económico. Marx, citado por Lukács, lo dice al revés: las categorías económicas son “formas de existencia, determinaciones existenciales”. La negación de esta verdad de a puño que marca la vida cotidiana de todos los hombres –limo de la novela– es causa del limbo en el que está sumida buena parte de la literatura en los últimos tiempos. Miles y miles de novelas se hallan habitadas por millares de personajes que no están acosados por el afán cotidiano de ganarse la vida, seres que no trabajan, o que no tienen empresas, que no hacen negocios, que sin ocupación o fortuna alguna pretenden enseñarnos lo crucial de su destino. Pero hasta Gregorio Samsa, al despertar una mañana convertido en un bicho monstruoso en una de las primeras cosas que piensa es en su agotadora profesión de agente viajero.

A su vez, la economía forma parte de un asunto complejo, la política, el punto de vista de cómo se mira y se enjuicia a la sociedad, y ese punto de vista tiene distintas lentes, diferentes interpretaciones, según los distintos intereses que hay dentro de la sociedad. Y de lo que se trata es de acertar, es decir, de ofrecer una visión que es la real o verdadera. Esto no supone que quien vaya a acertar sea sólo el que está en una posición de avanzada. También en la novela histórica, como en la ciencia, en ocasiones quien tiene la razón es precisamente la persona que nunca ha hecho una escrupulosa investigación pero que posee un talento especial que coincide con un momento especial y que brinda una visión literaria de cómo era, en esencia, un momento histórico de la sociedad. Ese es el caso de Balzac y ese es el caso de Tolstoi. Ellos no eran científicos, no eran historiadores, no eran revolucionarios, pero en ambos se encarnan dos circunstancias especiales: la primera, que nacen y crecen en unos países de una magnitud histórica descomunal. Francia, en su época, se constituye en el eje de pensamiento y de creación de Europa y, entre tantas maravillas, produce a escritores como Diderot, Balzac, Zola, Stendhal, Mérimée, Maupassant.

Erige igualmente una ciudad maravillosa, de la cual dirá Engels que Francia prefirió sacrificar al país entero, a todas las provincias y a las ciudades intermedias y pequeñas, para construir la más bella ciudad de la historia de la humanidad. Es una ciudad trazada estéticamente, porque el francés piensa muy estéticamente. Es una ciudad llena de historia, porque en Francia germinó un tipo de hombre que era a la vez un feroz individualista, un ciudadano que pensaba de una manera encarnizada en sí mismo, pero que al mismo tiempo siempre ha estado comprometido con el conglomerado social de su país, y del mundo. Es en esa Francia en la que sale un plebeyo como Napoleón, que decide no sólo cambiar a su patria sino a toda Europa. Ese es un personaje universal, y miren a propósito que las grandes novelas en las que él aparece en primer plano, no son realmente grandes novelas históricas. La más grande novela donde aparece Napoleón es Guerra y paz, en la que él comanda una amenazante sombra oscura, esa invasión que entra a Rusia y comienza a afectar hasta los más pequeños detalles de la vida cotidiana en Moscú, hasta los más sutiles afectos. Igual que en las novelas de Dumas, Conan Doyle, Conrad o Ivo Andric, donde el ciclón napoleónico se mueve en el horizonte pero azota lo más hondo del alma de los personajes que permanecen extasiados en sus patios.

Lukács escribió que “se trata de presentar al personaje de importancia universal como mera figura secundaria”, y observó que “bien podría ser posible exponer la revolución francesa en una novela sin incluir a Danton ni a Robespierre”. Es erróneo, añadía Lukács, creer que Tolstoi describió de manera extensa las campañas napoleónicas. “Sólo ofrece algunos episodios sueltos que considera de excepcional interés para el desarrollo humano de sus principales personajes […] de tal modo que logra expresar con aguda precisión todo el ambiente del ejército ruso y, a través de éste, del pueblo ruso”. Y aunque Guerra y paz gravita alrededor de personajes de la nobleza y el ejército, Lukács no duda en proclamarla “la moderna epopeya de la vida popular”.

Y en Balzac ocurre lo mismo. Me devuelvo a Francia como un país excepcional: en Francia se libran las guerras civiles más importantes del siglo XIX en Europa, que significaban todo un cambio revolucionario, la lucha del ciudadano de a pie, el siervo, el artesano y los primeros burgueses, contra los finqueros, todos estos nobles de castillos rodeados de enormes fincas, finqueros de sangre azul. Algunas de las más grandes conmociones para derribar ese régimen de finqueros suceden en París y en Francia, también en el resto de Europa, pero donde se dan en una forma más radical y comprometedora, épica, es en París. Y, por supuesto, allí se compone el más bello himno de cualquier revolución, que es la Marsellesa. Producen además una destacada generación de escritores, políticos, cronistas y también de novelistas. Son paradigmas creativos porque están en un país que siempre estuvo en ebullición. Como decía Balzac, “La sociedad francesa se crea y se recrea de una manera tan rica a sí misma que yo me voy a limitar, simplemente, a ser su secretario”, o sea, a tomar nota y a testificar. Balzac, él mismo, llevó una vida en la que, además de ser escritor, fue comerciante. A mí me parece un buen ejemplo, a propósito, para una cosa que creo que es una falacia, que ha hecho mucha carrera en América Latina, y es creer que el escritor debe vivir de lo que escribe. No estoy de acuerdo con eso, porque en una sociedad mercantil, el que un escritor escriba para vender muchos ejemplares de sus libros va a condicionar terriblemente lo que escribe. Es mejor que el escritor viva para escribir y no escriba para vivir. A Balzac los periódicos le pagaban muy bien sus novelas, que se publicaban por entregas, a veces destacadas en la primera página, como si fueran la noticia más importante, tan apasionantes y reales eran. Pero él no se sostenía sólo de eso, se mantenía también de sus operaciones en los negocios. Él quería ser noble, quería volverse finquero, dejar de ser un comerciante; históricamente quería echar hacia atrás, para adquirir un título de nobleza, cosa que finalmente logró, y no por sus méritos como comerciante, sino por los méritos de su pluma: logró convencer a una condesa para que fuera su amante, y cuando murió el conde, ella se casó con él, sólo cuando estuvo segura de la proximidad de su muerte. Como decía Scott Fitzgerald, las niñas ricas no se casan con los escritores pobres.

Aparte de su vida de negocios, Balzac llevaba una agitada vida de mundo en París, a través de una institución llamada “los salones”, que regentaban mujeres ricas que –lástima que esta costumbre no se adoptó en estos países– invitaban a sus palacios y mansiones a artistas y escritores a conversar, a debatir, a comer y beber, a hacer política y en ocasiones hasta a no hacer nada.

Él era una estrella de estos salones y eso le dio también un conocimiento de la sociedad parisina y francesa. Además, era un gran lector de historia. Trataba con altos funcionarios del Estado, con políticos, con potentados, con nobles. Todo esto y su genialidad confluyen en su tremenda obra. Es una obra de una magnitud tal que él mismo la llamó La Comedia Humana, entre otras cosas porque reúne cerca de dos mil personajes, muchos de los cuales se mueven de una novela a otra. Es el retrato literario más riguroso que se haya hecho hasta ahora de una sociedad. Para conseguirlo Balzac escribía día y noche en jornadas de doce a dieciocho horas. Llegó a encerrarse en su estudio hasta 26 días seguidos y produjo hasta catorce volúmenes en un año.

Engels escribió con admiración que había aprendido más de Balzac que “de todos los historiadores, economistas y estadísticos profesionales de la época juntos”. Sus novelas están pobladas de personajes acosados por la necesidad cotidiana de ganarse la vida, de hacer negocios, de pagar deudas, de saldar obligaciones, de cancelar facturas. “Un combate perpetuo entre los ricos y los pobres”, como lo expresó él mismo Balzac en su primer Código. “Dígame lo que tiene y le diré lo que piensa”, sentenció en Vida de campo. Dostoievski, cuya primera obra publicada fue una traducción de Eugenia Grandet, sentía una admiración incondicional por Balzac: “¡Sus personajes son el producto de la inteligencia del universo! No es el espíritu de la época, sino de millones de años de lucha, que han acabado produciendo este resultado en el corazón humano”.

No hay que olvidar que la novela social francesa hunde sus raíces y se nutre, en especial Balzac, de la novela inglesa, de Stern, de Fielding, de Cooper y sobre todo de Walter Scott, que retrataron esa Inglaterra en la que los truenos de las revoluciones de 1640 y 1688 destruyeron todas las viejas formas económicas, sus relaciones sociales y el Estado político, expresión de una anquilosada sociedad civil.

El caso de Tolstoi es más o menos parecido. Rusia era una nación rezagada, caótica socialmente, y tan fértil como la francesa, pero una argamasa muy extraña, porque es la frontera de esa insondable y mística y sentida y dolida tierra que es Asia, donde prácticamente nacieron todas las religiones, con la Europa donde por fin cuajó una sociedad distinta que se deslindó de Asia.

Si uno se para en Europa, siente que allí siempre ha habido un temor a ser invadido. Este país, por ejemplo, ha sido muy violento, de una violencia que es una maldición, una plaga, una cosa donde nos matamos por nada. Hoy llegué aquí, a la plaza de mi pueblo, hace apenas una hora y, como en mi infancia, había dos hombres trenzados en un duelo a puñal. Mis recuerdos de niño están cicatrizados por los tajazos de los machetes en las carnes de iracundos campesinos. En Europa hay duelos de naciones, de razas, de comunidades, de clases, y un visceral temor a ser invadido en cualquier momento. Todos los pueblos europeos han sido invadidos una y otra vez, se han involucrado en centenares de guerras, continentales, regionales y locales.

Yo no tengo muy claro el fenómeno de Rusia, pero es un pueblo de un afecto tal que los hombres se saludan de beso en la boca, lo que revela un grado de fraternidad y compañerismo que, además de repugnante para nosotros, es de una curiosa intensidad primitiva. Es un pueblo que bebe con furor, no sólo obligado por los terribles inviernos sino también porque se sienten solitarios y condenados, allá arriba, adheridos a ese polo, como tirados a la nada del universo. La estepa es infinita y cruel, y genera una mezcla de una devastadora creencia espiritual y una arrolladora solidaridad humana. Esto es palpable en los diarios de Tolstoi. Les suplico que los lean, por fin llegó una completa selección de ellos, de dos tomos, tocará hacer vaca para comprarlos porque son carísimos, pero son tremendamente conmovedores y aleccionadores. Yo comencé por el segundo tomo y pensé, hombre, es que, claro, se trata de este tipo, qué madurez, y después me conseguí el primer tomo y quedé asombrado porque a los 18 años Tolstoi estaba prácticamente pensando lo mismo que a los 80, poniéndose un código de ética personal, de tareas por cumplir y que revela una muy particular sensibilidad, un grado de reflexión muy minucioso y muy amplio, que nunca perdió y que finalmente fue la causa de su perdición, porque él, que era un conde, un noble, propietario de inabarcables cantidades de tierra, y que tenía millares de campesinos bajo su mando y opresión, él estaba contra todo esto. Tolstoi fue una especie de socialista, no un revolucionario bolchevique. Yo digo socialista en el sentido de un diamante en bruto, aquellos hombres que desde temprana edad saben qué es la sociedad y llegan a una conclusión inapelable, y es que hay que destruir la sociedad, o sea, saben que la sociedad está mal armada y mal hecha, y en medio de la miseria de estos campesinos, Tolstoi entiende que la nobleza que manda es un fracaso, que el establecimiento de nobles y terratenientes es un fracaso, que la Iglesia, los tribunales y el militarismo también lo son, y fustiga además el matrimonio “legal” y la ciencia burguesa. Pero se equivoca al no aceptar un cambio social sino un cambio individual, basado en las más primitivas creencias del cristianismo. En sus ideas predominan el espíritu asiático, el ascetismo, el no oponerse con la violencia al mal, el pesimismo, el no resistir.

Sin embargo, nadie como Tolstoi retrata de manera tan magistral la Rusia patriarcal que de 1861 a 1905 se desmorona en su propio atraso y con la llegada de un monstruoso capitalismo que desarraiga de su tierra a miles de campesinos. Lenin publicó artículos muy elogiosos sobre Tolstoi. En uno de ellos dijo: “Cada tesis en la crítica de Tolstoi es una bofetada al liberalismo burgués: el valiente, franco e implacablemete duro planteamiento de las cuestiones más candentes y más malditas de nuestra época por Tolstoi es una bofetada a las frases estereotipadas, a los trillados subterfugios y a la falsedad escurridiza ‘civilizada’, de nuestra prensa liberal (y liberal-populista)”. También advirtió Lenin que aunque la doctrina de Tolstoi era profundamente utópica y reaccionaria, “de ahí no se desprende en absoluto ni el que esta doctrina no sea socialista ni el que en ella no haya elementos críticos, que puedan proporcionar un material valioso para instruir a las clases avanzadas”.

Es por aquella grandiosa Rusia y por su excepcional sensibilidad, y por haberse nutrido de la mejor novela francesa, por lo que Tolstoi escribe su obra monumental. No solamente Guerra y paz sino otras sólidas novelas como Ana Karenina y Resurrección. Sé que leer hoy una novela de casi dos mil páginas es difícil, pero entonces lean Sonata a Kreutzer, lean un cuento magnífico que se llama Cuánta tierra necesita el hombre y esa extraordinaria historia que es Hadjí Murat. Con que se lean esos relatos van a tener una visión de una valiosa literatura, porque en ellos no aparecen en primer plano personajes históricos de pedestal, ni grandes situaciones históricas, sino pequeños detalles incrustados dentro de una sociedad que se está remeciendo histórica y espiritualmente, desde antes de Pedro el Grande y Catalina la Grande de Rusia, que a propósito fueron personajes históricos fundamentales que jalonaron a Rusia para arrancarla del atraso y traerla de Oriente a Occidente, a veces a la brava. Pedro el Grande de Rusia, al ver el atraso en el que se encontraba su pueblo, abandonó su palacio y se vistió como un paisano común y corriente y se fue al extranjero a trabajar como obrero y como artesano, a ver cómo se construían los barcos, porque decía que era inconcebible que una nación como Rusia, con costas sobre los mares, no tuviera una flota.

Y es en esa Rusia bárbara y en sangrienta transformación en la que nace y crece y se nutre Tolstoi. Él prácticamente no trabajó nunca, participó en guerras, se hizo soldado y desempeñó algunas labores de campo. Pero él como noble no escribió novelas en las que retrata sólo a los nobles, a los reyes, a los príncipes y a los condes, sino que escribió sobre esos personajes en relación con los campesinos, los siervos, los pequeños comerciantes, los tenderos y los conductores de carruajes. Así, Tolstoi hizo un retrato del país en el que Lenin iba a liderar por primera vez en la historia una revolución de los obreros, como Balzac lo hizo sobre la ciudad en la que los proletarios con su Comuna de París protagonizaron su primera batalla por transformar la sociedad.

Entonces dos países socialmente complejos, Francia y Rusia, producen un par de escritores excepcionales. Ah, ¿y por qué en otros países como Alemania no florece esta literatura? En su libro El realismo francés, Harry Levin cree que Alemania ha dado pocos novelistas de calidad por algo clave que anotaba André Gide: “Las patrias de la novela son los países del individualismo”. Un estudio sociológico de Kohn-Bramstedt concluía que la novela alemana se identificaba de manera poco crítica con los intereses de la clase media. “Ningún país ha sido más autocrítico o más individualista que Francia, y ninguna literatura ha hablado en nombre de toda Europa con más autoridad. Tolstoi aconsejaba a Gorki que leyese a los realistas franceses; Henry James escribió a Howells que ellos eran los únicos contemporáneos cuya obra respetaba; y George Moore nunca dejaba de decir a los novelistas ingleses lo mucho que podían aprender de Balzac, Flaubert y Zola”, afirma Levin. Una heroína de un libro de Henry James decía que cuando leía una novela prefería una francesa porque con ella obtenía más realidad, más vida, a cambio del dinero invertido en la compra.

Engels anotaba que “Viena (hoy Austria) es la única ciudad alemana donde se encuentra una sociedad; Berlín no tiene más que ‘ciertos medios’ y, sobre todo, medios inciertos, y por ello no se encuentra allí materia más que para una novela sobre la vida de los literatos, los funcionarios y los actores”. El mismo Engels que ya había señalado que en el primer acto de Las alegres comadres de Windsor había más vida y más movimiento que en toda la literatura alemana. Y repasen todo lo que se ha generado en Viena desde el punto de vista de la cultura y del arte. Allí germina el psicoanálisis, según Borges la más grande de las religiones modernas, con una laberíntica argumentación cultural. También en Austria se ha venido dando una generación de escritores que, en mi caso, no me seducen tanto desde el punto de vista literario pero que me parecen por su contenido muy explosivos, desde la Nobel Jelinek hasta Peter Handke, que figura como austríaco, y un tremendo escritor que es Thomas Bernhard, un iconoclasta que ha descrito como nadie las miserias y la agonía de la cultura europea. En general, el artista vienés y austríaco tiende a estar contra lo establecido. Allí el artista moderno, como decía Thomas Mann, es “un burgués descarriado”.

En Colombia, el establecimiento ha sido tradicionalmente fuerte y astuto y los opositores persistentemente oportunistas y blandengues. Aquí el establecimiento ha sido muy paternal y la oposición muy conciliadora. Como describía Jorge Zalamea en su poema El sueño de las escalinatas, el pueblo colombiano es entenado de los que lo oprimen. Un tipo tiene talento y llega a Bogotá y allá le tiran las redes y tratan de acogerlo, de integrarlo. No es el caso de Francia y Rusia, donde hay una tradición de rompimiento del escritor con el gobierno, como lo hicieron Balzac y Tolstoi con sus élites gobernantes. En Colombia, al contrario, persiste el nefasto hábito de los escritores de congraciarse con el poder. Eso no es bueno, ni para el país ni para el escritor.

Si Balzac no hubiera cavado fosos a su alrededor para preservar la independencia de su manera de pensar y actuar, seguramente no habría podido llegar hasta donde llegó, o habría tenido dificultades. Igual Tolstoi, que se alzó contra el zar y la Iglesia. En el caso de Balzac, él estaba a favor de la nobleza, de la realeza, y él mismo quería ser noble, pero al mismo tiempo era muy intransigente con los comerciantes y con los burgueses que estaban acabando con esa realeza. Había tomado partido y, a pesar de eso, la fuerza de la realidad en sus novelas era tan grande que estaba por encima de lo que él pensaba políticamente. Tolstoi en lo político era un reaccionario pero, artísticamente, lo que producía era revolucionario. Uno tiende a descalificar a quien pertenece a una corriente política, porque uno dice, no, es que ese tipo es un godo, un conservador, un liberal, y si uno es del lado contrario, dice: no, yo no le creo nada. Pero, como les decía al comienzo, afortunadamente el conocimiento no se instala en un solo partido, en un solo bando o en una sola cabeza. La verdad a veces está en la cabeza de quien menos se piensa; en el caso de Balzac y Tolstoi, en sus opiniones políticas no estaba la verdad, pero en sus novelas sí estuvo la realidad.

Francisco Mosquera, un revolucionario cuyo talante independiente sólo era quebrantado por el movimiento obrero, fue un fervoroso lector de Balzac y extrajo lecciones de sus obras, como la necesidad de reconocer el imperio de la ley, el orden y las normas como base esencial de cualquier sociedad, tal cual lo expuso Balzac en La duquesa de Langleais. De Ursula Mirouet sacó Mosquera un lema que no cesaba de repetir: “En el terreno todo se modifica”.

De Balzac, para terminar, prácticamente les recomiendo que lean cualquier cosa que caiga en sus manos, pero si pueden conseguirse dos, difíciles de encontrar, que se llaman Los campesinos y Quien tiene tierra, tiene guerra, léanse esas pequeñas grandes novelas. Igual, van a disfrutar y aprender mucho leyéndose por ejemplo a Papá Goriot, o a Eugenia Grandet, por favor arrebátenlas de donde estén, pero para leérselas.

Bueno, muchas gracias por su atención, creo que esto es una síntesis de una materia demasiado vasta.

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