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Cuentos y leyendas

Rolando

Por Omar Zavas

Recuerdo que todo empezó a complicarse ese martes de principios de julio, cuando la tranquilidad que reinaba en la desierta plaza, se vio interrumpida por el ruido de los dos automóviles que, rodeados por una nube de polvo, llegaron hasta el frente de la alcaldía. El calor era sofocante. Don Rubén, que como lo hacía todas las tardes calurosas, se encontraba sentado en un taburete que recostaba contra la pared, cerca a la puerta de la tienda, entreabrió los ojos, y aún soñoliento observó cómo los ocho ocupantes bajaban de los vehículos lentamente, sacudían el polvo de sus trajes y lanzaban miradas inquisitivas a su alrededor. Poco a poco comenzaron a aparecer algunas personas que, sin embargo, permanecían a cierta distancia sin atreverse a iniciar relación alguna con los forasteros, excepto Pimbo, el bobo del pueblo, quien balbuciendo sus ininteligibles palabras iba de un lado a otro, señalando las cosas que ellos traían. Uno de los viajeros se dirigió a él:

—¿Dónde podemos alojarnos, quitarnos toda esta tierra, bañarnos y beber y comer algo?

Como Pimbo continuaba emitiendo sonidos confusos, doña Otilia, la telegrafista de la localidad, se acercó y después de explicarles que Tomasito tenía dificultades para hacerse entender, se ofreció a guiarlos hasta el hotel, el cual quedaba en el costado occidental de la plaza. Mientras caminaban hacia el hospedaje explicaron los motivos de su visita.

—Por ciertos rumores nos hemos enterado de que una hermosa y emocionante tragedia ha ocurrido aquí en Valparaíso, algo que queremos no sólo conocer profundamente, sino también inmortalizar a futuro gracias a las altas y sublimes facultades artísticas de que gozamos— afirmó Antonio, quien se presentó como autor teatral.

Una de las visitantes se llamaba Felisa y aseguró ser pintora y escultora. Juan Darío dijo que ejercía la “noble y peligrosa profesión de periodista” e iba acompañado de su esposa, Martha, estudiante del último semestre de periodismo. Julio César se autoproclamó como el próximo gobernador del departamento y con inmensas pretensiones, ya que “como un gran direccionador de masas, a futuro llegaré a posicionarme en el solio de Bolívar”. Expresó con voz profunda mientras dirigía su mirada allá lejos, hacia el fin del horizonte. Y luego en un tono más normal y sentencioso, aclaró que se veía obligado a ir acompañado de Bernal su guardaespaldas, pues, “en este país uno nunca sabe de dónde va a salir la bala asesina que trunque una prometedora carrera política”. Los dos restantes eran Nicanor y Erebaldo, los conductores de los carros.

Avisado el alcalde don Jesús del arribo de los visitantes, salió precipitadamente de su casa y se dirigió a la alcaldía donde estuvo rebujando su escritorio por unos minutos, hasta encontrar la copia de un telegrama que había mandado a la gobernación días antes. Guardó el papel en el bolsillo derecho de su camisa y resollando se encaminó al Nuevo Gran Hotel Astoria. Allí se encontró con un pequeño problema. El hotel sólo disponía de tres habitaciones libres, pues las cinco restantes las ocupaban, el boticario y su señora, el director de la escuela, la señora juez, el médico que hacía su año rural y la quinta la habían tomado dos vendedores ambulantes llegados el día anterior. La solución comenzó a darse cuando Felisa convino, no sin antes manifestar cierto pudor y exigir que se colocara un biombo entre las dos camas, en compartir la alcoba con Antonio. Juan Darío y Martha se quedaron con la segunda y Julio César con la tercera. Los dos choferes y el guardaespaldas se acomodaron juntos, después de que don Jesús puso fin al inconveniente al llamar a los dos vendedores y, en un santiamén, convencerlos de que se trasladaran al hospedaje contiguo a la bomba de gasolina, eso sí, asegurándoles que él se encargaría de pagarles el alojamiento y la comida durante los próximos dos días. Resuelto el impase, los forasteros se retiraron a sus aposentos y el alcalde ordenó a Toño, uno de los policías, que citara a los ediles a una reunión extraordinaria en el concejo y le pidió a Otilia que se encargara de invitar a los recién llegados a dicho evento. Acto seguido le aclaró al administrador del hotel que el municipio correría con los gastos de los visitantes. Luego sacó el telegrama de su bolsillo y empezó a leer: “próximo fin semana siguiente realizarase Fiesta Buey amenizará hermosa tragedia reinado. Agradeciendo presencia aportes presupuestarios. Cordialmente alcalde”. Con gran satisfacción en su rostro volvió a guardar el papel y más sosegadamente se encaminó a su despacho.

La reunión de esa noche estuvo bastante concurrida, pues además de los concejales y de los personajes venidos de Medellín, asistieron, entre otros notables del municipio, el cura párroco; Eulalia y otras dos maestras de la escuela de niñas; Otilia la telegrafista; el director y los cuatro maestros de la escuela de varones; el boticario; don Francisco, terrateniente y jefe conservador, dueño de los dos almacenes localizados en la plaza, de la botica y otras muchas cosas más; el patriarca liberal don Martín, primo del anterior, comerciante, propietario de la trilladora de café y también cabeza de una poderosa familia terrateniente; don Alonso, hermano de don Martín, comerciante y dueño de la tienda que estaba en la esquina sur oriental de la plaza y la cual permanecía cerrada, con toda la mercancía, desde 1949, cuando la chusma conservadora trató de incendiarla; don Rubén, conservador disidente y comerciante; don José, notario, conservador y padre de Teresita, una de las candidatas al reinado; Roberto, liberal, padre de Socorro la otra candidata y propietario de la bomba, del hospedaje contiguo a ella, del Nuevo Gran Hotel Astoria y del bus de escalera que hacía el recorrido Valparaíso-Medellín-Valparaíso los lunes, miércoles y sábados; el alcalde; la juez; el personero, y yo, que me desempeñaba como secretario del concejo.

El primer mandatario municipal informó que la reunión tenía por objeto tratar sobre los preparativos de las fiestas, que se llevarían a cabo el fin de semana. También, y con la expresa intención de informar a los visitantes, se explayó sobre el “incontable número de eminentes hijos de este terruño que han dado gloria imperecedera a la patria”; agradeció la presencia de los forasteros y terminó diciendo, con la voz un poco apagada:

—No me extenderé más aunque tengo mucho todavía que decir, pues no quiero privar a los conciudadanos aquí presentes, de los mensajes que nos traen los honorables representantes de las altas autoridades del gobierno departamental. Así, sin más preámbulos, entro de inmediato a concederles el uso de la palabra.

El cargo que se les asignaba y la inesperada invitación a dirigirse al público, tomó por sorpresa a los forasteros; sin embargo, Julio César reaccionó rápidamente, se levantó y tras carraspear un poco, con voz algo insegura durante las primeras palabras, pronunció este breve discurso:

—Queridos compatriotas y queridas compatriotas…, señor alcalde y señora… y su señora esposa…, señores funcionarios y señoras funcionarias, señores concejales y señoras concejalas, amigas y amigos, señoras y señores, demás asistentes y asistentas…— Después de un nuevo carraspeo, prosiguió con un tono más firme y profundo:

—Es el más ingente honor el que nos abruma en estos momentos al contemplar cómo somos recepcionados en esta inconmensurable tierra, con qué cariño y holgadura los nativos abren sus brazos para hacernos sentir la comodidad que brinda un pueblo tan hospitalario como sólo puede serlo Valparaíso—. Hizo una larga pausa, buscando el tema adecuado sobre el cual seguir hablando, y continuó:

—Tal vez ustedes dubitacionen sobre cuál puede ser el motivo de nuestra presencia en esta inmortal urbe, y es mi deber resolver tan recónditos, entendibles y/o sentidos cuestionamientos. Como se rumoreaba insistentemente sobre una hermosa tragedia que se cierne sobre los cielos siempre límpidos y azules de toda esta comarca, decidimos mis compañeros, mis compañeras y yo, afincarnos aquí para ofrecer nuestros invaluables servicios, ya sea en el campo de las inmortales y/o divinas bellas artes o ya en el imprescindible terreno de la comunicación social y/o en la más gloriosa y/o excelsa de todas las actividades humanas, la política. Reiteramos, pues, nuestra irreversible decisión de ponernos a vuestras órdenes y sin más, esperamos los mandatos vuestros. Muchas gracias.

Aunque hubo nutridos aplausos, algunos de los asistentes se sintieron confusos e insatisfechos, y en especial el alcalde, que esperaba ofrecimientos más concretos de parte de quienes, creía, eran funcionarios del alto gobierno departamental. Sin embargo, la reunión continuó y se aclararon y fijaron las tareas. Juan Darío se comprometió a enviar una extensa corresponsalía al periódico de la capital, pues, según dijo en tono solemne y decidido:

—Mi más recóndito deseo es dar a conocer a todos los residentes y a todas las residentas del país, es decir, a todos los hombres y a todas las mujeres, a los niños y a las niñas, a los ancianos y a las ancianas, a los ricos y a las ricas, a los pobres y a las…, en fin, a todos los y las habitantes del extenso territorio patrio, la importancia, o lo que es lo mismo, el hondo significado que tiene para nuestros y nuestras compatriotas, las fiestas que están por realizarse aquí. Además, pretendo divulgar a lo ancho y lo largo del ámbito nacional la sublime historia de los dos adolecentes, él y ella, obviamente.

Antonio por su parte se responsabilizó del discurso de coronación, privándome a mí de tan fastidiosa tarea. Felisa, sacando una hoja y un lápiz comenzó, ahí mismo, a bosquejar lo que serían, según sus propias palabras, “mis obras inmarcesibles, pues pienso plasmar tanto en bronce como en el lienzo las figuras del párvulo y de la párvula”.

Julio César, ante la insistencia del alcalde, dijo en forma bastante solemne y convincente:

—Juro que moveré cielo y tierra y no cejaré ni un segundo ni daré un solo paso atrás hasta no haber logrado que, en el presupuesto departamental, queden incluidas las partidas necesarias para llevar a feliz término la magna obra que tanto añora y merece el pueblo valparaiseño—. Se refería obviamente al proyecto al cual el alcalde dedicaba todas sus energías, al parque que estaría ubicado en la manga de doña Tulia, a tres cuadras de la plaza, y que contaría con una biblioteca, un teatro, un salón cultural, cancha de fútbol y una vereda arborizada donde se destacarían los monumentos de los hijos ilustres del pueblo, el del buey, el de los patronos del municipio san Joaquín y santa Ana, y al que le agregaron a última hora, por recomendación de Felisa, el que ella haría de los dos enamorados.

Cuando la gente se retiraba del recinto, los citadinos se me acercaron, Juan Darío para solicitarme que le escribiera algunas notas sobre lo acontecido en el parque entre los jóvenes y Antonio para que lo ilustrara sobre las candidatas, el pueblo y su gente. Acostumbrado a recogerme temprano en mi casa, me ofrecí gustoso a proporcionarles al día siguiente todo lo que desearan. Así, pues, hacia el mediodía del miércoles me acerqué al hotel, con la intención de invitar al periodista y al dramaturgo a almorzar, y dedicarles, si se requería, toda esa tarde, pero ya Eulalia los había invitado a su casa, por lo cual sólo alcancé a entregarle a Juan Darío unas pocas frases que había garrapateado esa mañana y a intercambiar algunas ideas con Antonio. El primero dobló la nota y la guardó en uno de los bolsillos posteriores del pantalón, y, al segundo lo noté más interesado en apurar a sus compañeros con el fin de cumplir la cita. Sin embargo, me retiré tranquilo, sabiendo que durante el almuerzo, los visitantes iban a ser más que suficientemente informados de todo cuanto ha ocurrido en Valparaíso, desde la época de la guerra de los Mil Días hasta la fecha, incluyendo la estrecha relación familiar que unía a la instructora con su antepasado, el gran general Rafael Uribe Uribe.

Tengo que agradecer, asimismo, que conocedor Antonio de que desde hacía años era yo el encargado de leer el discurso de coronación, tuvo la delicadeza de presentarse el jueves en mi despacho, a temprana hora, y me pidió que le revisara lo que él llamaba “un simple borrador del incipiente texto que pronunciaré el día de la apoteósica coronación de la párvula eleccionada” y sin decir nada más abandonó la oficina. Empecé a leer el papel que me dejó, pero tuve que desistir casi enseguida. Sinceramente era insufrible. Durante algún tiempo estuve pensando qué podría decirle cuando fuera a recogerlo. Ideé algunas frases repletas de generalidades, preocupación que resultó inútil, pues en las diferentes oportunidades que nos vimos se abstuvo de referirse al tema.

***

En la mañana del viernes, más o menos hacia las diez, observando la plaza desde el balcón, me llamó poderosamente la atención ver a Juan Darío recorrer una y otra vez, con pasos rápidos, la distancia entre el atrio de la iglesia y la puerta de la alcaldía. Se notaba bastante agitado y miraba constantemente su reloj. Volví a mi escritorio y debió pasar media hora, cuando sentí la llegada de la línea que, procedente de Medellín, iba hasta Manizales. Me asomé de nuevo al balcón y vi cómo Juan Darío prácticamente arrebataba al fogonero del bus el paquete con los nueve ejemplares de la prensa, seis de El Colombiano y tres de El Diario, que tenían como destino nuestro pueblo. Instantes después el periodista irrumpía en mi despacho, agitando uno de los periódicos y exclamando jubilosamente:

—¡Lo publicaron! ¡Lo he logrado! ¿Dónde, dónde puedo encontrar al alcalde?— y volvió a salir para regresar dos minutos después. Le pedí que se sentara y le expliqué que los sábados en la mañana don Jesús visitaba algunas de sus fincas, pero como este fin de semana iba a ser bastante agitado, adelantó el recorrido por sus tierras y que era probable que regresara hacia las dos de la tarde.

—¡Lea!, ¡lea!— dijo con cierto temblor en la voz, mientras me ofrecía el periódico. —Hoy he logrado posicionar en las más altas cumbres a Valparaíso. Sus fiestas, su historia y sus personajes han quedado grabados para siempre en letras de molde.

En efecto, allí, en la tercera columna y en la parte inferior de la página doce, en la sección titulada “Por los municipios”, figuraba el siguiente encabezamiento: “En Valparaíso una hermosa y sublime tragedia está por ocurrir”. Más abajo, en letra pequeña, decía: “De nuestro corresponsal”.

—El título es completamente mío. Me lo respetaron—. Dijo, mientras se golpeaba con orgullo el pecho.

En un momento la oficina se llenó de gente: Otilia, Eulalia, los ocho visitantes de la capital, Pimbo y otros cinco jóvenes se atropellaban intentando ver la noticia que traía el periódico. Ante la insistencia de Juan Darío, comencé a leer: “Una vez nos situamos al interior del frondoso y umbrío recinto y después de direccionar nuestras miradas sobre la espesura y luego de ver, mirar y/o contemplar detenidamente lo que allí ocurría, (téngase presente que al decir detenidamente, sólo nos interesa poder objetivizar los hechos que vamos a narrar o lo que es lo mismo, que vamos a dejar por escrito en estas breves notas y/o acotaciones). Y volviendo al tema que es de nuestro más profundo interés, no sin antes advertir que lo que aquí consignamos corresponde a la verdad verdadera, entramos de inmediato al tema que nos ocupaciona”. Aquí se remite a los lectores a otra página, donde continuaba así la corresponsalía: “Resulta que en el hermoso parque sito en el centro de la plaza principal de esta notable y no siempre ponderada urbe, una tarde de fuerte estío, un joven y una joven, en realidad unos niños, niño y niña naturalmente, y dado el extenuante calor, decidieron introducirse al interior de la fuente que es engalanada por numerosos peces de variopintos colores. Como era época de vacaciones, es decir, esos placenteros días que tanto nos encantan y en los cuales los párvulos y/o párvulas no tienen que asistir a la escuela, la plaza se encontraba, como casi siempre, sin un alma, mejor dicho, íngrimamente solitaria…” Para no agobiar más al lector, diré que, sin motivo alguno, el articulista menciona a la maestra Eulalia, a quien señala como “abnegada y digna tutora que lleva infinitos años conduccionando a los adolecentes de uno y otro género por el buen sendero que le indicaran oportunamente sus ancestros y/o ancestras”, para terminar refiriéndose vagamente a las Fiestas del Buey.

Con el fin de aclarar un poco el asunto, me permito transcribir la nota que le entregué a Juan Darío el miércoles en la mañana. Decía así: “Siendo más o menos las tres de una calurosa tarde de principios de julio, encontrábase Otilia en la telegrafía, cuando de pronto risas infantiles quiebran el silencio imperante en la plaza. Sigilosamente se acerca al parque y una hermosa escena aparece ante sus ojos: cerca a la fuente una niña ríe con juvenil gracia mientras un niño, chorreando agua, musita frases entrecortadas. Considerando que esto puede ser el inicio de una apasionante historia, algo comparable a los pastoriles amores de Dafnis y Cloe o tal vez de una romántica tragedia como la de Romeo y Julieta, decide no interrumpirlos y abandona discretamente el lugar”. Esta es la historia entre Teresita y Rolando que contó Otilia en la primera reunión citada por el alcalde, para tratar el asunto de las Fiestas del Buey, y después de haberse escogido a Teresita y a Socorro como candidatas al reinado. La funcionaria propuso, asimismo, que se montara una obrita de teatro con este tema, como una de las actividades que amenizara los festejos. Sobra decir que fui el elegido para escribirla.

Rodeado del grupo de personas que estuvieron en mi oficina más otras que se fueron incorporando en el camino, Juan Darío se dirigió al quiosco del parque. Allí juntaron todas las mesas, los hombres pidieron cerveza y algunas mujeres aceptaron el refajo (bebida resultante de la combinación de cerveza y gaseosa) y ante la insistencia del público, Antonio, luciendo su mejor voz teatral, volvió a leer la corresponsalía en medio de atronadores vivas y aplausos.

Más tarde, cuando me disponía a retirarme y habiendo ya guardado los papeles en el escritorio, entró el alcalde cerrando la puerta tras de sus espaldas, gesto que me indicaba que la charla, además de ser completamente confidencial, se prolongaría por bastante rato. Sin tomar asiento, sin saludarme ni mirarme comenzó a hablar:

—Varias cosas me tienen bastante preocupado—. Hizo una pausa y se dirigió hacia el balcón, pero sin salir, miró desde la puerta entreabierta hacia la plaza, donde aún continuaba el grupo comentando la noticia que traía el periódico. Luego regresó y se sentó en una de las sillas. Yo seguía en silencio, esperando que expresara sus inquietudes. Inclinándose hacia adelante y un poco a la derecha, dijo: —¿Qué piensas de esos? —Y sin esperar respuesta— No me convencen mucho, hay algo que me deja un poco aturdido... y comienzo a dudar de que tengan alguna influencia en la gobernación… Por otra parte, —dijo mientras se pasaba la mano por la cabeza— me preocupa que todo esto resulte un fiasco y termine yo cometiendo una solemne pendejada al comprometerme a cubrir sus gastos con dineros de las arcas municipales. Hasta ahora, ni Otilia ni Eulalia han podido sacarles nada en concreto, mucha palabrería, muchas promesas, como de políticos avezados, pero siguen siendo una incógnita—. Como estaba de acuerdo con todo lo que decía, permanecí en silencio. Él prosiguió: —Bueno, esperemos a ver en qué termina todo esto, porque además tengo otras cosas que quiero comentar—. Yo sólo dije “Ajá” y él continuó: —Otilia insiste en que como no se puede presentar la obrita de teatro, que al menos invitemos al baile a Rolando, el cuál debe permanecer al lado de Teresita, haciendo las funciones de edecán. Eso, dice ella, le daría ese toque romántico al acto, algo semejante a la tragedia de Romeo y Julieta lo cual encaja perfectamente en este caso, pues él proviene de una familia liberal y la niña es de familia conservadora. También, y todo esto son ideas de Otilia, se debe aprovechar ese ambiente de concordia que se respira en todo el país gracias al Frente Nacional, y esto redundará, naturalmente, en favor de la candidatura de Teresita. Bueno…, pues…, no sé, tengo muchas dudas.

Otilia, quien ya bordeaba los treinta años y permanecía soltera, era una persona agradable la mayor parte del tiempo. Como tiene muy poco que hacer, especialmente en las tardes, se la pasa casi todo el rato leyendo en su oficina. Su escasa biblioteca no supera la veintena de libros, todos de corte romántico, donde sobresalen Romeo y Julieta, Dafnis y Cloe, Cumbres borrascosas, La vorágine, María y La marquesa de Yolombó. Esto explica ese afán por ver en cualquier acto, por trivial que fuera, un fondo de trágico romanticismo. Por eso, al llegar a este punto creí conveniente expresar lo que pensaba:

—Empecemos con Otilia. Ese día probablemente tendría en sus manos a Dafnis y Cloe o, que para el caso da lo mismo, cualquiera otra de las novelas que posee. Al oír a los niños se le ocurrió crear todo un drama en donde no existe. Yo sé por qué lo digo. El domingo pasado, recordarás, acompañé la caravana de Teresita en la correría por La Pintada. Pero al llegar al caserío, comenzó a molestarme un poco la pierna, por lo cual no quise unirme al desfile. Estando aún al lado de la línea, vi salir de debajo de la última banca, arrastrándose y muy pálido, a Rolando. Al notarlo bastante mareado y a punto de vomitar, lo cogí de la mano y lo arrastré hasta la cantina cercana. Después de que hubo trasbocado nos sentamos en una de las mesas, le hice tomar una bretaña con limón y luego le di un café con leche. Me puse entonces a conversar con él, algo muy difícil al principio, pues es bastante tímido y muchas palabras las pronuncia tan pasito que es casi imposible entenderlo. Como yo no lo presionaba, ni lo regañaba, se tomó algo de confianza y pude sacarle algunas cosas.

Sobre lo ocurrido en el parque su versión es la siguiente. Habiéndolo mandado su madre a la tienda de don Rubén, a comprar un cuarto de panela y dos pastillas de chocolate, al llegar a la plaza y notar que no había nadie cerca, se antojó de ir hasta la fuente para ver los peces de colores. Se metió al agua con la intención de jugar un poco con ellos, cuando de pronto oyó que alguien se aproximaba. Asustado trató de salir, pero resbaló y cayó dentro del agua. Una vez afuera, se encontró frente a frente con Teresita. Con palabras entrecortadas le suplica a la joven que no cuente nada, que él sólo quería ver los peces, pero ella, tapándose la boca con la mano, no dejaba de reír al verlo todo mojado, asustado y tartamudeando. Sin embargo, por un momento en mi cabeza surgió la idea de que algo podía existir entre los dos muchachos, algo que lo impulsara a viajar hasta La Pintada escondido bajo la banca del bus. Le pregunté, entonces, por qué se había arriesgado tanto, pero respondió que sólo quería conocer La Pintada y saber cómo de grandes se verían los farallones al estar junto a ellos. Esa es toda la realidad sobre el asunto. Por otra parte, el muchacho, que ya anda por los doce años, todavía lleva pantalones cortos y ni siquiera usa zapatos, y cuando hay mucha gente o está al frente de mujeres se porta como un completo tuntuniento. No veo, pues, ninguna posibilidad ni mucho menos lo conveniente de su presencia.

—Creo lo mismo —aseveró el alcalde— fuera de que podría ser mal visto y alborotar más los ánimos que ya comienzan a adquirir preocupantes tonos políticos. No olvidemos que el padre de Rolando, ocho años atrás, y advertido de que ya habían pagado para asesinarlo, huyó del pueblo a media noche y atravesando montes y potreros llegó a La Pintada, para de allí seguir a Medellín. De él sólo se sabe que está vivo y que trabaja en Bogotá o en Cartagena, pues su esposa y los cuatro hijos que permanecen con ella guardan completo silencio sobre ese asunto. Pero todo esto lo sabes muy bien—. Se levantó y se dirigió al balcón, pero como lo hiciera la primera vez, se quedó junto a la puerta, mirando preocupado hacia la plaza, y continuó: —Algo está pasando o está por pasar aquí, y esa es otra de mis inquietudes. La rivalidad entre los dos bandos del reinado toma cada vez mayores visos partidistas. Entre Rubén y Francisco, copartidarios e íntimos amigos durante la violencia, ahora ospinista uno y del lado de Socorro y laureanista el otro y al lado de Teresita, han surgido ciertos roces, llegando a insultarse e incluso aseguran que están dispuestos a hacer públicos algunos hechos obscuros e inconfesables, ocurridos en aquella tenebrosa época. El primero amenaza con revelar lo que había detrás del incendio ‘fortuito’ que acabó con las chozas de los agregados de la finca Los Peñones, y el otro contesta que está dispuesto a divulgar las ocultas intenciones que motivaron la fallida expedición armada, de ‘voluntarios’ del pueblo, para ir a salvar a Caramanta del supuesto ataque de los bandoleros liberales—. Se dirigió al estante donde se encontraba la cafetera, se sirvió un tinto, y regresó a su silla, para proseguir en ese tono de disertación que tanto le gustaba adoptar. —El conocimiento de los delitos cometidos por los opositores crea un conveniente escudo de inmunidad. Esto es algo que ocurre tanto en las altas esferas del gobierno nacional como en el más apartado pueblo de la república. Y el poseer esa información permite lanzar frases de advertencia, tales como “si tú hablas de esto, yo hablaré de aquello” o la sentenciosa “yo sé por qué lo digo”. Pero si ese escudo protector comienza a ser horadado, puede desatar una avalancha de acusaciones y contraacusaciones que terminarán por poner en peligro la estabilidad y la paz que gozamos en el pueblo. Créeme que comienzo a sentirme profundamente preocupado, y sinceramente no sé qué hacer, ni veo claramente cómo pueda manejar la situación si llega a deteriorarse. ¿A quiénes respaldo, sabiendo que quiero y necesito ser amigo de todos?— Guardó silencio y me miró inquisitivamente.

En cuanto al temor de un posible altercado, traté de calmarlo asegurándole que el Frente Nacional era algo que cada vez se consolidaba más en todo el país. En el pasado habían quedado esas actitudes en las cuales los liberales no escatimaban esfuerzos para oponerse a cuanto planteaban los conservadores y éstos, a su vez, no perdían oportunidad para enfrentarse con los rojos por cualquier proposición que manifestaran. Que ya se habían superado esos tiempos en los cuales el cura se subía al púlpito a decir que matar liberales no era pecado, y en que lo negros del río Cauca entraban a caballo en la iglesia de La Pintada, para destruir las imágenes de los santos mientras gritaban vivas al partido liberal; que realmente nadie allí quería regresar a etapas tan tristes y dolorosas.

—Bueno, —exclamó Jesús levantándose de su asiento—, esperemos que todo salga bien.

Cuando bajábamos por la escalera hacia el primer piso nos encontramos con Antonio. Tras un breve saludo nos preguntó:

—¿Cuál es la lectura de ustedes sobre el concurso y sobre las candidatas?

Sinceramente no entendimos la pregunta y permanecimos ahí mirándolo sin responder. Él entonces intentó ser más explícito. —Bueno, ustedes saben, sería muy útil para el discurso de coronación el poder yo interpretar su lectura, o mejor dicho lo que ustedes piensan sobre las dos jóvenes, sobre la competencia…, pero en especial, quisiera conocer más sobre Socorro, pues es poco lo que hasta ahora he averiguado sobre ella.

Recostándose contra la baranda, y rascándose la oreja izquierda, síntoma de que quería ser gracioso, el alcalde, sonriendo, dijo:

—Con lo que ya sabe de Teresita es suficiente—. Como ahora fue el rostro del dramaturgo el que reflejara una gran perplejidad, don Jesús, poniendo un brazo sobre su hombro y empujándolo suavemente para que empezara a bajar, explicó: —la reina de las fiestas será aquella que haya recogido entre sus simpatizantes más plata, dinero que se entregará a las monjas del hospital. Antes de la coronación se abrirán las urnas para averiguar cuál de las dos, la de Socorro o la de Teresita, contiene una suma mayor—. Luego y más socarronamente, continuó: —Pero puede usted jovencito estar seguro, y que esto quede entre nosotros, que aunque las urnas llegan completamente selladas, cualquiera que sea la cantidad que se encuentre en la de Socorro, siempre habrá diez pesos más en la de Teresita.

Con gran agilidad, pese a su gordura y sus años, terminó de bajar las escaleras. El joven me miró perplejo, pero yo me limité a alzar los hombros y me dirigí a mi casa, dejándolo allí solo con sus inquietudes.

***

El programa de hoy sábado ha sido bastante apretado. Antes de salir el sol la banda del pueblo recorrió las calles ejecutando lo mejor de su escaso repertorio, tres pasillos, dos o tres marchas que terminan confundiéndose en una sola, dos pasodobles y no sé qué otra cosa. A las diez se dio inicio a la cabalgata en la cual, de los venidos de afuera, participan sólo Juan Darío y Julio César, montados en dos mansas mulas propiedad de don Rubén. Este evento salió de la bomba, y pasando por la calle principal llegó a la plaza. Ahora se dirige hasta el cementerio y de allí tomarán la variante hasta la bomba, y luego, por la carretera que va al suroccidente del país, hasta La Piedra, donde se yergue la estatua de la virgen del Carmen. Desde allí se regresarán otra vez hasta la plaza. Mientras los caballistas hacen su recorrido, los muchachos compiten en la carrera de encostalados y en la vara de premios. Además hay otros juegos, como la pesca milagrosa y la piñata. Como me sigue molestando la pierna derecha, preferí sacar un taburete al balcón y desde allí observo todo lo que ocurre. Cuando le llega el turno a Rolando, le dedico toda mi atención, pues sé que tiene fama de buen trepador de árboles. Quiero que gane pues cualquier premio le caerá bien a su familia, puesto que el muchacho, pese a su corta edad, realizando infinidad de labores, ya haciendo mandados, vendiendo leña que el mismo trae del monte, limpiando de yerba el empedrado del frentes de las casas o cogiendo café en los solares, ayuda al sostén del hogar compuesto por su madre, su hermana mayor y dos hermanos menores. Pero cuando está a menos de medio metro de la cima, la ansiedad y el exceso de confianza le juegan una mala pasada. Estira la mano para agarrar alguno de los objetos allí colgados y al no lograrlo se desliza irremediablemente hacia abajo por la vara engrasada. En la carrera de encostalados le va mejor al obtener el segundo lugar. También alcanzo a ver a los dos choferes y al guardaespaldas, bebiendo cerveza en el quiosco, algo que vienen haciendo a diario desde el día que llegaron. Del traganíquel de la cantina se escucha repetidamente la canción “Sabor de engaño” en la voz de Eva Garza, intercalada con algunos corridos de Jorge Negrete. De pronto veo a alguien que apresuradamente y arrastrando un poco la pierna derecha, al igual que lo hago yo, pasa por detrás de la ceiba y se dirige a la calle que baja al cementerio. Trato de pensar en los actos que se realizarán en la tarde, en la retreta que está programada para las cuatro en el atrio de la iglesia, los juegos pirotécnicos para las siete incluyendo la vaca-loca y luego los dos bailes a partir de las nueve de la noche. Pero el recuerdo de la figura que vi, vuelve a molestarme, reviviendo vagamente sucesos de diez años atrás. Para evitar pensar en ello, me pongo a repasar el programa del día siguiente. Otra vez la alborada a primera hora. Más tarde, apenas termine la misa mayor se dará comienzo al desfile de los bueyes cargados con bultos de panela, de maíz, de café y de otros productos del campo. Las dos carrozas de las candidatas, también arrastradas por bueyes, cerrarán el cortejo. El acto final, el de la coronación, empezará a las cuatro. Desecho cualquier preocupación, asegurándome que todo es producto de la rivalidad sana entre dos hermosas niñas con el noble propósito de recaudar fondos para una obra benéfica, y que el día lunes todo volverá a la tediosa normalidad. Con estos pensamientos me marcho hacia mi hogar.

No asistí a la retreta y los juegos de pólvora los observo, junto con mi mujer y otros dos familiares, desde el balcón. Pasado el espectáculo de las luces, la gente comienza a prepararse para los bailes. Por algunos corrillos se extiende en la plaza el rumor de que han visto bebiendo en El Barrio, la noche anterior, a El Caricortado, a El Mochero y a El Aplanchador. El Barrio queda en la variante que va entre la bomba y el cementerio, en la última cuadra del pueblo y unos doscientos metros antes de llegar al camposanto. Lo constituyen cinco casas, cuatro cantinas, una tienda y un extenso lote que sirve de depósito de toda clase de cacharros y donde sobresale un aviso que dice “se repara de todo, dejándolo como nuevo”. El Mochero debe su apodo a la costumbre de cortarles las manos a las personas que asesinaba, pues “siempre es bueno prevenir para el día del juicio final, cuando resuciten todos los muertos”, decía con cierta sorna mientras se santiguaba. El Aplanchador, el más alto y fornido de los tres, se encargó, durante la época de la violencia, de “aplanchar”, es decir, de golpear con la parte plana del machete, a quienes su jefe no quería matar aún y sólo amedrentarlos, habiendo sido yo una de sus víctimas. Como nadie confirmara la noticia de la presencia de aquellos malhechores, puesto que ninguna de las personas decentes del poblado estaba dispuesta a aceptar el haber estado en aquel lugar, la cosa quedó de ese tamaño.

Mi mujer y los dos familiares se han ido pues quieren asomarse a los bailes. Yo me quedo solo, dando como pretexto que la pierna me sigue molestando. En realidad quiero volver a tomar estas notas y organizarlas un poco. Asimismo, saco el papel que me dejara el miércoles Antonio, con la intención de hacerle al menos unas pequeñas correcciones, por si acaso vuelve por él. El texto, que empieza con un interminable “señoras y señores, asistentes y asistentas, jóvenes y jóvenas, ricos y ricas, pobres y…, etc., etc., etc., y en donde se nota el enorme esfuerzo por colocar en toda las frase las detestables expresiones que “al interior” de todo “direccionan” “a futuro” no sé qué cosas, y que terminan por “conduccionarlo” a uno al agotamiento total, no pasa de ser una farragosa compilación de lugares comunes. Me llama sí las atención el hecho de que trate de ignorar los verbos cuyo infinitivo termina en ir, aquellos que con los que lo hacen en er son los más hermosos de nuestro idioma, cambiándolos por la, además de inútil, horrorosa “verbatización”, por decirlo de algún modo y a tono con los tiempos modernos, de las palabras que significan su acción o efecto. Mucho va de dirigente a direccionador, de recibir a recepcionar. Pese a todo, tomo un lápiz rojo, con el propósito de intentar algo aunque sea someramente, pero en el segundo párrafo me tengo que dar por vencido.

El reloj de la torre de la iglesia acaba de dar diez campanadas. Me levanto y voy hasta el balcón. En el costado de la plaza, a mi derecha, en el segundo piso de la amplia casa de doña Carmen se encuentran los seguidores de Teresita, siendo el ruido de la música menor al que se oye en la otra fiesta, la cual se desarrolla al frente, en el Salón Social y Familiar Santa Ana, situado en el primer piso del hotel y que ha sido vistosamente acondicionado con gran profusión de luces, festones y guirnaldas. En el quiosco los borrachos hablan fuertemente y alcanzo a distinguir una de las voces de la gente de Medellín. Todo parece normal y vuelvo sobre estas líneas.

En este momento oigo voces acaloradas, ruido de mesas y sillas al voltearse, botellas que se rompen al caer. La discusión aumenta cada vez más de tono. ¡Qué!, ¿disparos? Parece que no. Pasan lentamente unos segundos. Ahora sí, la balacera se generaliza. Se cierran ruidosamente las puertas de las cantinas y las de los balcones que dan a la plaza. Gente que corre y gritos angustiados me recuerdan los temores sentidos a fines de los años cuarentas. Y al igual que en aquellos tiempos, apago la luz y arrastrándome alcanzo la puerta del balcón y la cierro.

Ha pasado más de una hora. Ya sólo se oyen llantos y ayes dolorosos en medio de los gritos de los policías. Llega mi esposa acompañada de su prima y me enteran que han herido a don Rubén, aunque no parece grave, y a uno de los peones de don Martín, pero lo verdaderamente triste es que han matado a Rolando. La noticia me conmueve en grado sumo y las acoso pidiéndoles detalles. Parece que una bala perdida lo alcanzó, cuando estaba encaramado en la rama de uno de los árboles del parque, desde donde miraba la fiesta de Teresita. Conmocionado aún, bajo a la plaza en compañía de las dos mujeres. En la acera de la alcaldía se ha formado un pequeño corrillo alrededor de Bernal, quien asegura que en medio de la calle que va a El Barrio, yace sobre el empedrado un hombre, probablemente muerto. El alcalde manda a un policía y a dos voluntarios a averiguar lo afirmado por el guardaespaldas. Pálido y aún borracho, éste comienza a preguntar incesantemente por sus compañeros, pero nadie sabe nada de ellos. Entonces Pimbo, dando salticos y lleno de gozo, entre risas, y señalándolo en forma burlesca, con gestos nos da a entender que los de Medellín han sacado sus cosas del hotel y que con gran prisa salieron del pueblo en los dos automóviles, abandonando a Bernal. Pese a los ruegos de mi mujer y aunque cansado y apesadumbrado, aguardé la llegada de la comisión. Uno de los enviados no demoró en regresar y jadeante confirmó que había un muerto, y que éste era El Mochero. Con cierta sensación de alivio, coloqué mi mano sobre el hombro de mi mujer y sin despedirme ni decir nada, nos encaminamos hacia la casa, arrastrando un poco el pie, tal como lo hacía el difunto mochero.

***

Hoy no hubo alborada como tampoco se hizo el desfile. El acto de coronación será sencillo y ante la huida de Antonio no habrá discurso. Don Rubén se encuentra fuera de peligro y el peón de don Martín sigue en cuidados intensivos. A El Mochero lo enterraron temprano después de la autopsia y en un acto casi clandestino. También sencillo fue el entierro de Rolando, y aunque asistimos varios empleados públicos encabezados por el alcalde, fue el típico entierro de tercera, donde el sacerdote y sus monaguillos acompañan el ataúd sólo hasta el atrio de la iglesia. A Otilia tuvieron que retirarla de la ceremonia afectada por un ataque de nervios, pues se considera culpable por haber ideado una tragedia que en parte se hizo real, y ni hablar del dolor y el desamparo en que debe encontrarse doña Marta, la madre de Rolando.

Bernal pasó por mi casa a primera hora, pues quería contarme algo acerca de sus compañeros, que resumo de la siguiente manera: él trabaja como portero en el palacio departamental, y conoce desde hace mucho tiempo a Julio César, que es secretario de un juzgado laboral y estudia derecho en una universidad nocturna. Una tía de éste trabaja como asistente del gobernador, y la habían encargado de dar respuesta a la solicitud que contiene un telegrama procedente de Valparaíso. En una de las tantas visitas que hace el sobrino a la gobernación, le muestra el mensaje. Juan Darío y Martha son estudiantes de periodismo y también frecuentan el palacio y los juzgados, siendo muy amigos de Julio César. Un viernes, mientras los cuatro tomaban tinto en una cafetería cercana, salió a relucir lo del mensaje y con él la idea de ir a conocer el pueblo. Como Bernal empezaba vacaciones la semana siguiente, lo mismo que dos amigos suyos, Erebaldo y Nicanor, ambos choferes del departamento, y estaban precisamente planeando salir a pasear en un carro que tenía el primero de ellos, la cosa fue tomando forma. Julio César se comprometió a hablar con un amigo que también tenía carro, y fue así como el martes emprendieron el viaje a Valparaíso, con Antonio, un hombre de mediana edad y del que supo, durante el viaje, que alguna vez logró un relativo éxito con el guión de una radionovela. De la compañera de éste, Felisa, no sabía absolutamente nada.

Tampoco quise ir al acto de coronación y sé que Otilia continúa encerrada en su casa, consintiendo su culpa y entregada a su dolor. Los gamonales del pueblo, don Francisco y don Martín, se excusaron, pretextando que tenían que atender asuntos urgentes que inesperadamente surgieron en algunas de sus muchas propiedades. En realidad se han ido a buscar la seguridad que les proporcionan los numerosos peones de sus fincas, quienes bien armados, fungen como verdaderos guardaespaldas.

Cuando me retiraba del palacio municipal, al pasar por el pasillo, no pude reprimir el impulso y arranqué el recorte de periódico que desde el viernes habían pegado en la cartelera, hice un bodoque con el papel y lo pateé, y aunque mi pierna derecha se resintió, no pude ocultar una sonrisa de satisfacción. El alcalde se encuentra bastante malhumorado y, contra todo lo que se esperaba, resultó ganadora Socorro.

enero de 2010